La reciprocidad ancestral ante la crisis pandémica

El contexto actual de pandemia nos invita a reflexionar y poner en palabras la realidad que nos atraviesa a los pueblos indígenas de la Quebrada y Puna Jujeña, que más allá de las particularidades de cada región se replica en muchas otras regiones habitadas por comunidades indígenas. La vigencia de algunos derechos humanos fundamentales se hace pasibles de mayores incumplimientos tanto por el estado como de los sectores económicos y visibiliza aún más los incumplimientos históricos, como la inestabilidad jurídica que implica no tener titulado el territorio. 

Ante el aislamiento social preventivo obligatorio actual, las familias locales afrontan la dramática situación de no conocer el tiempo que demorará retomar el ritmo de trabajo que se venía sosteniendo. Con esta incertidumbre laboral, en gran parte de las comunidades indígenas jujeñas formas secundarias de sustento que subsisten se han empezado a incrementar, las mismas están basadas en el vínculo directo con la tierra (producción agrícola-ganadera) y los lazos comunitarios de reciprocidad e intercambios –trueque- propias de la cultura andina.

Frente al “quedarse en casa” que resulta ocioso en la lógica hombre/mujer andino/a, muchas familias comenzaron a replegarse a sus lugares de origen – puntos de la misma jurisdicción o próximos- en el campo o a sus quintas aquellos que las tienen próximas. Sabiendo que “en el campo no se gasta”-dinero-, ya que la pacha provee los alimentos necesarios, se escapa a su vez de un contexto de encierro, control policial y de angustia porque como es bien sabido en la medicina ancestral cuando se enferma el alma no hay remedio que pueda curar el cuerpo.

En los últimos 10 años el crecimiento de la afluencia de turistas a la región de la Quebrada de Humahuaca ha producido que esta actividad se convierta en la principal fuente de ingreso de muchas comunidades indígenas y campesinas de la región, en estos tiempos que corren, muchos piensan incluso que este año no habrá movimiento turístico.

Con un turismo nacional que llenaba las altas temporadas vacacionales y un turismo extranjero que llegó a mantenerse constante durante todo el año, muchas actividades tradicionales como sembrar alimentos en las quintas, criar hacienda –ganado-, y hasta producir artesanías manuales como los tejidos y la cerámica fueron en gran parte sustituidas por la comercialización de productos regionales industrializados en las plazas de los pueblos más visitados y empleos poco calificados en edificios hoteleros y gastronómicos.

La instalación del turismo como actividad económica, implico la instalación de un actor económico que precariza a sus trabajadores, y que en ciertos casos como el de la Comunidad de Cueva del Inca también intenta a desplazar a comunidades de sus territorios. 
La globalización asumida en la capacidad de los visitantes de trasladarse y recorrer puntos distantes en menor tiempo, conllevó la exigencia de la población local a vivir también en un tiempo-espacio “global”. 

Pautas culturales esenciales y características del ser en la cultura andina continuaron desdibujándose ahondando la desestructuración social iniciada desde la conquista española –siglo XV-, siguiendo ahora el ritmo del mercado neoliberal: observándose en muchos casos una marcada competencia por generar mayor ganancia, individualismo y enajenación de ese ser andino.

Aunque hasta la fecha se mantiene parte de las costumbres tradicionales, que incluyen viejos valores y prácticas ancestrales, éstas son asociadas a fechas puntales tomadas como “calendarios folclóricos festivos” que se ofrecen al turismo. Ej: Carnaval, Pachamama y el Turismo Religioso.

Cuando se vuelve al cálido seno del “pago” se vuelve a otro mundo, que siempre ha estado allí custodiado por los mayores de la familia, dejado y abandonado en otros casos aguardando el retorno de sus hijos.

Allí no hay tiempo para deprimirse porque las labores son duras y extensas y como dicen los tatas “siempre hay algo para hacer”.

En las ciudades y los pueblos las autoridades llamaron a no subir los precios de los insumos básicos, pero al momento de “parar la olla” los costos se hacen sentir y aún más el pensar hasta cuándo será posible pagarlos. Las familias que producían y antes volcaban su producción agrícola, de carnes y quesos a los hoteles y restaurantes ya no lo pueden hacer. Y mucho menos trasladar su producción a la ciudad ni otras zonas distantes.

La economía de subsistencia ha hecho reflotar valores indispensables de las comunidades y pueblos andinos que son el eje sobre el cual se ha sostenido su existencia a lo largo de la historia: la reciprocidad o ayni, basada en relaciones de solidaridad mutua y de complementariedad; las prácticas de intercambio o trueque (o su forma actual de compra-venta directa entre productores a precio justo), y las mink’as más visibles en los trabajos de las zonas rurales. Es interesante pensar como estas prácticas y valores se ven amparados en normativa como la ley de reparación de la Agricultura familiar campesina indígena, que habla específicamente de reconocer explícitamente las prácticas de vida y productivas de las comunidades originarias, sin embargo, sigue habiendo una brecha entre el texto legal y su faz práctica.

El producir los alimentos que consumimos conlleva para los indígenas andinos, un valor agregado difícil de tasar para quienes lo hacen sólo con el fin de la venta –mercancía-. Las comunidades indígenas que aún producen para el autoconsumo y guardan un pequeño remanente para la venta o intercambio reparan en un cuidado especial de la producción, desde la preservación y selección de las semillas, el no uso de agroquímicos, la entrega en los pagos y ceremonias de la siembra y el amor que le ponen a los demandantes cuidados que cada actividad requiere.

Lo mismo sucede en el caso de la cría de hacienda (cabras, ovejas, llamas), ya que los animales proveen la carne, leche, queso y la lana. Todos estos detalles en la producción y cría de animales son muy tenidos en cuenta, ya que serán destinados a lo más importante y preciado en una comunidad: la familia.

Entonces, en estas instancias críticas de pandemia -suceso histórico para la humanidad-, una pequeña parte de los sesgos de egoísmo y mezquindad parecen quedar congelados en el tiempo.

La necesidad de apoyo mutuo y la calidez de sentirse en “comunidad” (común unidad) da resguardo y seguridad ante la vorágine del exterior y de lo que vendrá. Ya comienza a priorizarse cosas más urgentes que las propias diferencias, y las redes de solidaridad crecen y se hacen cada vez más abiertas en comunidades y pueblos con pocos habitantes donde todos se conocen – o su gran mayoría-. Cada quien sabe lo que el otro produce, confía en los cuidados y en la buena fe de quien los ofrece. Por lo general se suele comprar y vender productos, pero esto no impide que también se pueda trocar e incluso regalar, algo que no se da de forma muy habitual en las grandes ciudades.

Las redes comunitarias andinas resultan claves para dar apoyo a aquellas familias que dependen de sus ingresos diarios para subsistir. Por otro lado, pone en evidencia la urgente necesidad de transmitir saberes tradicionales a políticas de gobierno que promuevan realmente la preservación de la cultura local a través de la educación, la soberanía alimentaria, el derecho a la autodeterminación de los pueblos indígenas y el cumplimiento de la entrega efectiva de los títulos comunitarios sobre sus territorios.

El reclamo de gran parte de los pueblos indígenas del norte argentino parte del derecho a la vida digna en sus territorios, desde sus propias formas y saberes culturales a través del aprovechamiento equilibrado de sus recursos naturales, amparados constitucionalmente, en el art. 75 inc. 22 y en diversos instrumentos internacionales incorporados al ordenamiento legal de nuestro país, como el Convenio 169 de la OIT.

De ellos, el agua es elemento vital clave que hoy genera diversos debates e intereses opuestos: por un lado el de las comunidades y pueblos locales que buscan preservarla para las generaciones futuras y por el otro el de las empresas y corporaciones extractivistas, que en complicidad con los gobiernos de turno, avanzan violando todo tipo de derechos constitucionales y convenios internacionales a costa de las consecuencias socioambientales que generan para sus pobladores. El derecho al agua se encuentra protegido por el artículo 26 de la Convención Americana de Derechos Humanos y recientemente la Corte Interamericana de derecho Humanos se expidió en COMUNIDADES INDÍGENAS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN LHAKA HONHAT (NUESTRA TIERRA) VS. ARGENTINA en el caso “el acceso al agua” implica “obligaciones de realización progresiva”. Entre las obligaciones estatales que pueden entenderse comprendidas en el deber de garantía se encuentra la de brindar protección frente a actos de particulares, que exige que los Estados impidan a terceros que menoscaben el disfrute del derecho al agua”.  En este sentido es importante pensar el rol del Estado frente a las empresas extractivas que no son pocas en la provincia y que violan derechos humanos de los pueblos indígenas.

Finalmente, es importante repensar el rol fundamental que estas redes solidarias comunitarias han venido teniendo desde siempre y como se expanden ante situaciones críticas como la de la pandemia que atravesamos. Hoy pensamos en la de provisión de alimentos básicos, pero también existen otras que abarcan los aspectos sociales y de contención familiar como ayuda en casos de pérdidas dolosas, preparación de celebraciones como el carnaval, cabos de año, día de las almas etc., el cuidado de los niños y ancianos; el cuidado comunitario de las haciendas y los cultivos, las formas económicas de ahorro como el “pasamanos” –pasanaku-, entre otras.

Afortunadamente en la región, la crisis pandémica se produjo en tiempos de cosecha facilitando la circulación de diversos productos, verduras y frutas de estación. En localidades de la Quebrada de Humahuaca los habitantes también se han organizado en las llamadas “redes de economía popular”. Ayudados por el uso de la tecnología y de las redes sociales, se difunde y se acuerdan los intercambios, ventas o trueques.

Creemos que hay una distancia enorme entre los derechos que nos amparan y su plena vigencia, es por eso que momentos difíciles como el que se vive a raíz del Covid19 resulta un alivio saber y sentir que las raíces de nuestros pueblos originarios perduran y nos sostienen a través de las prácticas culturales.

Por Sara Choquevilca- Victoria Fernandez Almeida – Equipo Derecho de los Pueblos Indígenas.

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