Facundo Ferreira tenía 12 años cuando en la madrugada del 8 de marzo policías de Tucumán lo mataron de un tiro en la nuca. Lo primero que se les dijo a sus familiares fue que había tenido un accidente y que se encontraba en el Hospital Padilla. Había ingresado con el nombre de “Facundo Burgos” de 18 años de edad, con su espalda marcada por las balas de goma, y su carita marcada con la suela de borcego policial. Las pericias de los últimos días confirmaron que el niño no realizó ningún disparo como se dijo desde las fuerzas policiales, apoyados por los ministerios de seguridad de Nación y provincia.

Otro caso más de violencia institucional. Otro caso de gatillo fácil. 

CRONISTA: JULIETA SANTILLÁN JURI – FOTOS: BRUNO CERIMELE – EDITORA: TANIA NASRALLAH

Pasado el mediodía, en la vereda y con el sol que apunta hacia ellas, la familia de Facundo Ferreira nos recibe. El dolor y el sabor amargo de tener que hablar sobre la ausencia ya comienza a sentirse. Pasaron más de tres meses y recuerdan cada detalle desde el momento en el que que sonó el teléfono a la 1:30 hs de esa fatídica y triste madrugada.

Un largo pasillo nos espera hasta entrar a la casa. Cuando caminamos sentimos que no llegamos más a la puerta; se hace tan largo como la espera que Doña Mercedes, abuela de Facu, siente por la justicia.

Las fotos con el rostro de Facundo, en diferentes tamaños, rodean la cocina y el comedor. “La Pachona”, como le decía su nieto, nos habla con los ojos quebrados pero seguros, tocándose las manos llenas de anillos y moviendo uno a uno sus dedos, todo el tiempo, como si cada palabra hiciera que la sangre hierva.

Para ella, que lo crió desde muy pequeño, el tiempo pasa demasiado lento. Y lo siente mucho más cuando se acuesta por las noches y recuerda que “el Negrito” – como ella le decía – siempre dormía a su lado. “Lo hacía porque era un negrito miedoso que ceñía los ojos y me llevaba a un lugar ´seguro´ cada vez que escuchaba tiros en el barrio. ´Venga Pachona, vamos adentro nomás´”, recuerda Mercedes.

Facu siempre hablaba de sus sueños. Era tan solidario que soñaba ser como Messi, pero no sólo por el fútbol, sino porque con la plata quería regalarle una casona a su abuela y hacer un comedor para que vayan los niños y niñas del barrio.

En la puerta de su habitación, con felpas, Facundo había registrado su nombre. Así,  marcando que ese cuarto también era suyo, o bien señalando la travesura de un niño que dibuja fuera del papel. Hoy sentimos que su nombre está ahí para ser visto. Para que lo vean quienes no quieren verlo. En su cuarto siguen sus peluches y su mochila lista para su primer día de clases. También hay fotos de él: con sus amigos, con su familia, con la moto que tanto le gustaba. “Era fanático de las motos, siempre me decía: Pachona para mi cumpleaños regalame una”.

Por momentos, con la voz atrapada en la angustia, Mercedes nos cuenta que se le hace difícil asumir que su Negrito ya no está. “Hay noches que no duermo, lo espero en mi cama a que venga. Veo a sus amigos jugar en una ronda, como lo hacía él también, y a veces pienso que lo veo. Siento que tengo el alma vacía”.

 

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“-Te busco ¿angelito dónde estás?

pregunto cuándo vienes a jugar” 

En el Cementerio del Norte la luz de la tarde se va apagando. De la tumba lo único que se ve es la lápida de Facu. Rodeada de flores y adornos suena “Angelito” de Ulises Bueno. Es una de las canciones con la que su familia lo recuerda. De esta manera lo sienten más cerca, porque al Negrito le gustaba mucho la música. Él escribió en la puerta de su habitación el nombre del cantante. “Le encantaba cantar y hasta algunas veces inventaba letras de canciones para la chica que le gustaba”, cuenta Rita.

Rita y Facundo eran tía y sobrino, eran amigos, eran compinches. Los unían la música, las empanadas y los guisos que hacía Rita, que para él eran los mejores. Rita tiene una fuerza que desborda, es luchadora y va al frente. Ella tiene 23 años, vive con su familia en Villa Muñecas pero todos los días va a la casa de su mamá, Doña Mercedes. En sus sueños habla con Facu: “me pide que la cuide a La Pachona y que no baje los brazos”.

Rita y Malvina, son las tías que día a día acompañan y persisten en la causa, son hermanas de Romina, la mamá de Facundo. Ella vive en Santa Fé, donde fue en busca de un mejor pasar. Romina cada vez que puede vuelve a su Tucumán natal para los encuentros familiares.

Siempre fueron frecuentes los llamados por teléfono a Facundo para saber, sobre todo, cómo iba en la escuela. “Ella era la que lo controlaba para que haga sus deberes”, dice Mercedes. Lo que siguen preguntándose, hasta hoy, es el modo de actuar que tuvo Facundo el 7 de marzo. Unas horas antes de la trágica noche le pidió plata a Rita para cargar una tarjeta de teléfono y llamar a su mamá. “¿Romina cuando venís? Dale que le vamos a hacer un asadito a La Pachona el domingo por su cumpleaños”, recuerda su tía. Sin embargo el viaje se adelantó de la peor manera.

El día a día de la familia, sin dudas, cambió. No solo por la tristeza enorme que produce el arrebato de un ser querido y la hostilidad con la que se habla de ello, sino también porque las mujeres de la vida de Facundo, salen a marchar desde hace más de tres meses para defender su memoria y exigir que se haga justicia.

Ahora ellas gritan, como otras familias, el nombre de Facundo en las plazas y en cada una de las marchas denunciando al Estado la complicidad en la violencia y en estas ausencias. Sin embargo, todavía, cuando nombran a su sobrino, Rita se desarma, y aún no lo puede creer.

Ahora es costumbre ir todos los domingos al cementerio. Vecinos en sus autos y motos llevan a los amigos y a la familia a visitarlo, y allí le hablan, ríen y lloran, mientras adornan la tumba.

 

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La Gruta

En su barrio, la Bombilla, todos lo conocían porque era muy agradable, sociable y tenía un gran grupo de amigos. “Somos como veinte”, comparte uno de ellos. “Aquí a la par, uno de sus amigos tiene una play, ahí se instalaban todos a jugar”, cuenta Rita. Pasaban tardes y tardes jugando. Entre todos (o los que tenían en ese momento), hacían una vaquita para comprar un juego. “Porque para nosotros son muy caros”, aclara Mercedes.

Muchos de sus amigos también eran sus compañeros en la Escuela Técnica N° 5, en la que ya estaba inscripto para arrancar su primer año de secundaria. Una de sus maestras acompaña a la familia en cada marcha.

En el barrio continúan pegados los afiches con la foto de Facu desde el 7 de mayo, día en el que hubiera cumplido sus 13 años. En las paredes hay pintados murales con su cara. Desde que lo mataron todo el barrio se solidarizó con la familia. “Nos sorprendió la cantidad de gente que vino a su velorio. De todas las edades y tamaños. Es que era muy querido”, se enorgullece Mercedes.

Un vecino está construyendo una gruta en su memoria, en la esquina donde vivía Facu. De a poco y con aportes de varios vecinos y vecinas.

Se hace difícil no pensar también, en la cantidad de grutas que se van haciendo en los alrededores de los diferentes barrios populares en donde mueren día tras día niños, niñas, adolescentes y jóvenes de manera injusta e inesperada. “Aquí hay muchos que murieron y nadie se entera. Muchas familias no salen a exigir justicia. Yo quiero que mi negrito descanse en paz, él me da fuerzas para salir a pelear cada día”, sentencia Mercedes.

 

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Con el pesado pasar de los días y con la investigación judicial, se dieron a conocer todos los vicios, las mentiras y la corrupción que había detrás de lo sucedido. Sin embargo el caso de Facundo, hasta este momento, ha sido el centro de las más duras críticas dirigidas a la criminalización y estigmatización de la pobreza. ¿Hasta cuándo niños, niñas, adolescentes y jóvenes serán asesinados por agentes de seguridad y embarrados sus nombres y el de sus familias? ¿Hasta cuándo habrá un estado encubridor y cómplice de los asesinos de Facundo y de tantos otros niños, niñas y adolescentes?

 

El tiempo parece absurdo. Porque para la familia cada día se hace más eterno. Porque los tiempos de la justicia son mucho más lentos cuando tu rótulo dice “villero”.

La mochila que aún se encuentra colgada en la habitación de Facu quedará allí, esperando, en algún momento, ser descolgada.

A Facundo le quitaron todo. Le quitaron sus sueños, sus miedos, sus esperanzas. Le quitaron el tiempo. Todo el tiempo.

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