Francisco Rafael Díaz es la memoria viva de la lucha. Dice que “Don Díaz” es su nombre. Aquel que adoptó hace 38 años cuando las fuerzas militares secuestraron a dos de sus hijos, Francisco y Susana. Tiene 94 años y todas las arrugas propias de la edad. Arrugas que son marcas de su historia y testimonio de su lucha incansable. Habla mucho, cuenta todo con detalles porque cree que callar es el peor acto de cobardía. Fue dirigente sindical, representante vecinal, militante y herrero de profesión. Vive entre hierros oxidados y retorcidos que parecen tenerlo atrapado. Se mueve lento con paso cansado entre rejas abiertas que encierran su dolor. Pero sabe burlar esa extraña paradoja de su vida a diario cuando emprende camino bien temprano hacia el Tribunal Oral Federal de Tucumán. Ahí aguarda sentado en una silla negra, abrazado a las fotos de sus hijos con la palabra JUSTICIA, así, en mayúsculas. Dice que ya no puede temerles porque el recuerdo de aquel tiempo es cada vez más concreto, ya se le hizo carne como si fuera un órgano más de su cuerpo y es el que quiere seguir latiendo, dándole aliento. Es la lucha por memoria, verdad y justicia la que lo une a Andhes, a sus hijos y a la historia. La justicia le llega de a gotas y su tiempo no es eterno. Pero sabe que hoy no es imposible, lo dice su mirada arrugada, esperanzada. Hay quien le pediría a algún alquimista un poco más de tiempo para él, para que siga ahí sentado en esa sala día a día pensando cuál será su próximo molino de viento.

 CRONISTA: MARIANA PLESA – FOTO: BRUNO CERIMELE

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