Llegué al tribunal a las 10 en punto. Era la tercera audiencia del Megajuicio por delitos de lesa humanidad cometidos durante el Operativo Independencia. Con 271 víctimas (la mitad desaparecidos y la otra mitad sobrevivientes), 19 imputados y más de 1200 testimonios es el juicio más grande de la provincia.

Al igual que en las audiencias anteriores, la pecera del primer piso habilitada para los periodistas estaba llena. Y, aunque la sala estaba más vacía que la última vez, los rostros de cientos de desaparecidos se sentaban en las sillas. La audiencia había empezado a las nueve en punto así que Martín me contó lo sucedido en la primera hora. El Tribunal había resuelto los pedidos de nulidades y recusaciones de la defensa decidiendo no hacer lugar a ninguno. Parecía un buen pronóstico. El segundo acto procesal sería dar la palabra a los imputados.

“El Tribunal llama a Roberto Heriberto Albornoz” un frío me recorre por la espalda al escuchar ese nombre. Y es que la fama del “tuerto” lo precede. Una fama macabra. Una fama que no es solo fama sino hecho probado: Albornoz cuenta con 4 condenas y dos de ellas a cadena perpetua por asociación ilícita, privación ilegítima de la libertad, torturas, vejámenes, asesinatos y desaparición forzada. En este caso se lo juzga por los crímenes cometidos contra 230 personas, casi un noventa porciento del total de víctimas. Entre los argumentos de su defensa la defensora oficial pidió que no se lo juzgue porque se trata de alguien que ya fue condenado por lo mismo, casi admitiendo su culpabilidad.

Con estoica postura y un paso saludable para sus más de ochenta años, el tuerto pasa al estrado. Estoy lejos para tener una buena toma con mi cámara pero casi que me alegra. La idea de respirar el mismo aire tan cerca me revuelve el estómago. Presiento que voy a escuchar el discurso de siempre: que fue una guerra, que los desaparecidos eran asesinos, que salvamos al país de la subversión. Pero no, Albornoz, no dice nada de eso. “Soy inocente” reclama. “Nosotros no teníamos poder durante el Operativo Independencia, el poder los tenían los militares”. Con el tono de alguien que exige el vuelto de dos pesos en el kiosko, el tuerto relata cómo se cometieron una serie de injusticias sobre él. Para él, todos estos juicios son una farsa, un circo montado donde se “entrenaron” a testigos para que hablaran en su contra, a “cientos de testigos”. “Esa Teresa Sosa se sentó acá y dijo una sarta de mentiras”. A mí se me congela la sangre de pronto y busco alguna mirada amiga. Martín me responde con los ojos y un meneo de cabeza: “está loco” me dice sin hablar. Y es que todos conocemos a Teresa Sosa. Y todos recordamos el día de su declaración. Albornoz fue mencionado por muchos y todos lo señalan como el jefe de las llamadas “patotas” que secuestraban gente en la noche. Pero fue el testimonio de Teresa el que lo hizo explotar. Durante el juicio Jefatura- Arsenales II, mientras ella declaraba el Tuerto se paró a gritarle y a insultarla con violencia. Por unos instantes pareció que eran de nuevo los setenta y que Albornoz era nuevamente el jefe del Servicio de Inteligencia y de la Policía y que tenía todo el poder. El hijo de Teresa estaba en la sala y ante la brutalidad del acusado no pudo menos que arrojarle un zapatazo. Fue un episodio aberrante, de esos que solo se ven en las películas. Sentado nuevamente ahí en el estrado, el Tuerto no parecía consciente de su situación, su mención a Teresa sonaba a amenaza, al discurso de alguien que todavía tiene poder. Del público emergían gritos aislados, tímidos, vacilantes ante la posible censura de los jueces. Gritos de “violador” “asesino”, “genocida”. El imputado no parecía notar los insultos. Seguía en cambio con sus reclamos de justicia: Que la que dio la orden fue Isabel Martínez, que él no tenía nada que ver, que era un chivo expiatorio, que fueron miles de militares pero allí solo había sentados algunos policías, sus “compañeros” por quienes también reclamaba libertad y justicia. Algo de razón tenía. Si en algo coincidimos querellantes y defensores es en la responsabilidad de la ex presidenta, la cual firmó el decreto de inicio del Operativo con el pedido expreso de “aniquilar a la subversión”. Sin embargo, con o sin decreto, con o sin ex presidenta, nada disminuye la responsabilidad de Albornoz o sus colegas.

Después de su declaración y con el paso orgulloso de quien acaba de defender a un desvalido el tuerto se dirige a su asiento. Los familiares de las víctimas lo insultan de nuevo y él les contesta con un gesto obsceno. Desde la fila de los familiares de los imputados se levantan vítores y aplausos.

Es el turno de Luis Armando De Cándido otro condenado en la Megacausa Arsenales y Jefatura I. Con dos muletas camina con dificultad hasta el estrado. Durante 40 minutos expone acerca de las inhumanas condiciones de su detención que le valieron el suicidio de su hija y la pérdida de la movilidad. De Cándido fue condenado por, entre otras cosas, torturar y asesinar a los Coronel y apropiarse de su casa. Casi entre lágrimas dice que lo más doloroso es haber sido condenado por violador. Él nada menos, “un hombre de moral y principios”, dice. Asegura que no tuvo nada que ver, que la casa la compró años después y que nunca conoció a los Coronel. Con voz quebrada cuenta que no pudo asistir al funeral de su padre por estar en prisión. “Nosotros no tuvimos funerales” grita alguien. “Digan dónde están!” exclama otro.

El último es José Ernesto Cuestas, quien fuese Jefe de la Comisaría de Trancas entre el ’73 y el ’77. En pocas palabras resume su inocencia. Cuenta que una vez estuvo en un “lugar de reunión de detenidos” (eufemismo militar para los Centros Clandestinos de Detención) allí vio a un chico detenido y le tuvo pena. Hasta le compró un sanguche porque lo conocía y estaba en condiciones deplorables.

Cuando se termina la audiencia comienzan los gritos. Don Díaz, un hombre de más de 90 años levanta las fotos de sus hijos desaparecidos. “Eran estudiantes”, grita. “Eran peligrosos estudiantes”. A mí se me hace un nudo en la garganta. Los gendarmes forman una muralla verde que separa ambos grupos. Los familiares de los imputados también gritan. Las fotos de los desaparecidos de un lado, las estampitas de la virgen del otro.

Me retiro con una sensación amarga. La necedad y la insensibilidad se acercan tanto a la crueldad que cuesta volver a creer en el género humano. ¿Cómo al día de hoy alguien puede despedir con aplausos y vítores al “Tuerto”? Sin embargo, la presunción de inocencia es fundamental para la Justicia. En nuestro país, la ley establece que es la parte acusadora la que debe probar la culpabilidad y no al revés. Un derecho que no gozaron miles de personas secuestradas y desaparecidas.

Queda un largo camino, un juicio que se presagia extenso y doloroso. Más de 1000 testimonios serán parte de las pruebas presentadas por la Fiscalía y las querellas. Y cuando miles de voces repitan lo mismo, cuando miles de voces denuncien que vivieron el horror, el que no es escuche ya no será sordo sino necio.

© Ana Daneri – andhes

Mirá el video de la audiencia que declararon algunos de los imputados del juicio por el Operativo Independencia en: https://www.youtube.com/watch?v=JNpt0L7Oo3w