Ana Sosa_01

Desde hace un tiempo que trabajo con la palabra y con la imagen pero hoy no encuentro ninguna para expresar lo que siento.

El miércoles al mediodía me escribe un mensaje mi mamá: “Ani contestame, un antropólogo se comunicó con Diego y le dijo que hubo avances”. Un frío me acalambró la panza. Una certeza, una esperanza. Estuvimos especulando toda la noche. Yo sin poder contener las lágrimas con la seguridad de que la pequeña luz de esperanza de pronto se transformaba en un faro en la oscuridad. “La encontramos” le decía a mi vieja, “estoy segura de que la encontramos”.

Me levanté muy temprano y sin sueño a la mañana siguiente. A las 8:30 nos reunimos con el antropólogo en el consultorio de mi mamá. Ella, igual que la noche anterior, trataba de no alimentar falsas esperanzas, se convencía que la cosa parecía muy informal y que sin un juzgado de por medio no le iban a comunicar nada positivo. “Capaz que quieran explicarme cómo trabajan y nada más”, me decía. Pero en el fondo sabíamos que no había otra explicación lógica.

El antropólogo empezó hablando sobre su trabajo en el EAAF pero fue breve y directo. “Una pieza dio resultado positivo con tu mamá” dijo. Miré a mi mamá y le agarré la mano. Las dos llorábamos. “Siempre quise saber, pero ahora que sé, siento que ya sabía” me dijo después. Nada puede describir mejor la sensación.

Mi mamá cuenta que cada vez que pasaba cerca del Pozo de Vargas le caía una lágrima. Yo estuve dos veces en el lugar. La primera vez en el 2013 durante la inspección ocular por la Megacausa Jefatura- Arsenales II que llevaba el caso de mi abuela y de otras 237 víctimas. La segunda vez fue hace unos meses cuando señalizaron el sitio en diciembre del año pasado. El “Pozo” está ubicado a la vera de las vías del tren en la finca de Vargas cerca de Tafí Viejo. Es un pozo de agua aparentemente construido por los ingleses de unos 3 metros de diámetro y (hasta donde se sabe) 40 metros de profundidad. Hasta la fecha fueron identificados los restos de 78 personas aunque más de 100 esperan aún identificación.

“La tiraron a un pozo” me decía mi vieja llorando. Sí, a un pozo nada menos. Sin velorios, sin despedidas. Como se esconde la basura. Ni se imaginaron que un día los encontrarían. En medio de la nada, en un pozo lleno de escombros, quien los iba a encontrar. “No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos” había dicho el genocida Videla allá cuando las atrocidades que habían cometido comenzaban a saberse. Con total descaro nos escupía en la cara esa verdad tan cruda, la del desaparecido. Porque un desaparecido es alguien suspendido en el tiempo, alguien que no puede ni ser fantasma, alguien que no tiene derecho a morir. Porque la muerte es para los vivos, es para los que lloran, para los que no se olvidan. El desaparecido es la incertidumbre. Es la cruel y amarga esperanza. La bronca que culpa, la tristeza sin duelo. Sin cuerpo no hay muerto, dicen algunos…

Después de 40 años, después de más de 14600 días, 350400 horas de espera la verdad ha salido a la luz, después de tanto sufrimiento es posible cerrar un círculo infinito. Porque su cuerpo, tirado ahí como un desperdicio, como el cuerpo de tantos otros, emerge con la fuerza de lo irrefutable, de la certeza más absoluta que conocemos los seres humanos. No son desaparecidos, son víctimas del horror que fueron secuestradas, torturadas y asesinadas. Nadie va a poder poner eso en duda. Ana Sosa de Reynaga que fue madre de tres hijos, profesora y militante, fue secuestrada el 8 de agosto del 76 en el día del niño de la Colonia del Ingenio Concepción. Fue privada de su libertad y recluida en el Arsenal Miguel de Azcuénaga, sufrió las más atroces aberraciones y fue asesinada y arrojada al Pozo de Vargas para el ocultamiento de su cuerpo. Eso es lo que en 40 años pudimos reconstruir después de los valientes testimonios de sobrevivientes y la incansable lucha de miles de profesionales y militantes que investigaron, lucharon y llevaron a la justicia lo que pasó. A mí me cuesta creer en los milagros del cielo, pero creo firmemente en los milagros de los hombres, de personas que pueden poner su corazón y todo su cuerpo a la búsqueda de otro. Ese es el milagro, el que se hace posible con el trabajo de muchísimas personas. A ellos, nada más que gracias.

Para Ana, de Ana

Ahora te escribo a vos Ana, que te llamas como yo. O yo me llamo como vos, mejor dicho. No te pude conocer pero te conozco ahora, de grande, cuando me acerco a la edad que tenías, cuando me acerco a tu militancia, a tus ideales. Dicen que nos parecemos. La genética es fuerte y tenemos las mismas facciones, ojos y boca pequeños y cachetes grandes. La piel y el pelo son diferentes, la mía blanca, la tuya morena, mi pelo claro, el tuyo oscuro. Nos gustan cosas parecidas. Como a vos, a mí se me dan las manualidades y el dibujo, habilidades que obviamente se saltearon a la generación de mi mamá. Y las ciencias sociales… aunque haya terminado más cerca de la comunicación. Pero igual, militando.

De chica era poco lo que podía saber de vos: que hacías un postre con duraznos que mi mamá me hace para recordarte, que te gustaba el olor de la cachaza en la ruta al pasar por un Ingenio. Cosas que mi mamá se podía acordar con sus apenas 8 años. De cómo la malcriabas, de cómo le regalabas su ropa nueva para los que más lo necesitaban.

La primera vez que escuché sobre los militares tenía 7 años. En la casa de mi vecina habíamos visto “La noche de los lápices” y no podía entender que eso era real. Ahí me contaron de vos. Que los militares te habían llevado igual que a los chicos de la película. Después de eso me desvelé muchas noches pensando que podían llevarse a mi mamá también. Imaginate que yo tenía casi 8 años…

Hoy tengo casi 30 y pasaron casi 40 desde tu secuestro. En 2013, hace apenas unos pocos años, pudimos tener Justicia. La Megacausa Jefatura Arsenales II condenó a 37 genocidas por crímenes de lesa humanidad, 4 resultaron absueltos. Sabor a poco, sabor a tarde, pero gracias a la justicia ese año también pudimos saber lo que pasó. Diana, Nora y Cristina, las tres que estuvieron con vos en tus últimos días, se animaron a contar lo que vivieron. Sobrevivieron al horror y gracias a ellas pudimos unir los pedacitos de historia para saber la verdad. Y hablaron de lo gran persona que eras, de cómo les dabas fuerzas y esperanzas. Cristina todavía tiene el tejido que le hiciste en cautiverio, lo guarda y no quiere dárselo ni a tus hijos. Gracias a ellas puedo saber cómo fueron esos meses desde agosto hasta octubre. Puedo saber aunque no pueda nunca imaginarmelo. El frío, el hambre, las torturas, los gritos, los disparos… Son cosas que sentada en mi casa, al calor de la estufa en pleno julio, me parecen imposibles. Y sin embargo ahí estabas, dando ánimos a otros que estaban igual que vos. Cristina nos contó también que cuando escuchaban que cerraban la puerta se sacaban la venda y charlaban. A veces, dijo, hasta se animaban a cantar. Lucho era el cantor, le gustaba el folklore. Trini y Nora lloraban. Enrique hablaba de su bebé recién nacido y vos de Lucía, Esteban y Diego.

¿Cuáles habrán sido tus últimas palabras?, ¿tus últimos pensamientos? Seguramente tus hijos. Hoy te harían orgullosa. Mi mamá, Lucía, es una mujer fuerte. Tiene lágrima fácil como yo pero pudo salir adelante contra viento y marea y armarse una familia y una carrera. Eso sí, es una persona un poco obsesiva, le gusta trabajar sin descanso. Mis tíos, Esteban y Diego son como mis hermanos mayores. Diego es un poco “para adentro”, se guarda lo que le pasa, al revés que mi mamá. Y tiene un carácter…pero también tiene un corazón gigante. Es el que primero salió a las calles a pedir justicia, el que movió la causa de principio a fin. Esteban es una persona muy cariñosa, le gusta tocar las orejas de la gente. Vive lejos pero no se nota. Y tenés tres nietas, la Popi, mi hermana, la Júlia, mi primita, y yo, Anita. Qué te digo de la Popi, todo lo vive a flor de piel, la alegría, el entusiasmo pero también el mal humor. También le gustan las ciencias sociales y dice que quiere ser como vos. La Júlia acaba de sumarse a la familia. Hace poco cumplió un añito y es hermosa. Glotona como ella sola, todo quiere comer y le encanta el pan, como a mí.

El año pasado comencé a buscarte en las historias de quienes te conocieron. Me dijeron que eras brillante, una persona que odiaba las estructuras y no tenía problemas en decir lo que se le venía a la cabeza. “Lo tengo acá, en el culo” decías mientras te señalabas la cabeza. Casi puedo imaginarte. Hablando sobre Mao y la lucha de clases. Soñando con un mundo sin opresión, sin desigualdad.

Hace unos días te encontramos. Te tiraron a un pozo y seguro creyeron que nunca te íbamos a encontrar. Pero en estos 40 años hubo mucha gente que no se rindió. Muchos que dedicaron su vida a la Memoria, la Verdad y la Justicia. Cuando los creían loc@s marcharon por las plazas, juntaron pruebas y gritaron “Nunca Más” en cada rincón de la Argentina y del mundo.

Este 8 de agosto por primera vez no vamos a decir que estás desaparecida. Vamos a recordarte como cada año pero ahora tu cuerpo va a descansar con nosotros. Por fin, ese destino final que solo tus asesinos conocían ya no será su propiedad.

Ana Daneri

Coordinadora Área Memoria, Verdad y Justicia

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